Día 3: Enseñanza a la Sombra de una Acacia


En “365 Días de Valentía Moral” concebimos esta propuesta como la oportunidad de intercambiar conocimiento e información sobre la práctica de valores universales. Y como bien dice la amiga Lilian Rotter trasmisora del concepto Valentía Moral, hay un objetivo loable: estimular a quienes las lean, a que lleven a la acción su “propia valentía moral” inspirados por esas historias de individuos y grupos que se atreven y logran hacer la diferencia en sus vidas, así como en la de otros.

Te cuento Etiopía: Dijo el maestro a los alumnos de la tribu somalí que le escuchaban con mucha atención a la sombra de la acacia.


Recuerdo a mi padre masticar el khat a la puerta de mi ari a la vez que ordeñaba las cabras. Entre su historia y el llanto construyó un hogar de luz y amor en el que fui dichoso compartiendo juegos con mis hermanos y con mis primos. Hasta llegar aquí a sus tierras de colores, casi sin motivo como los vientos débiles, aprendí los idiomas universales y conservo el cansancio del largo viaje. Nuestra escuela al aire libre con la pizarra sujeta al tronco de la acacia es la más universal de todas y ustedes, niños son mis alumnos predilectos, los que escuchan ulular la lechuza del adivino, los guardianes de las estrellas, los niños nómadas que viven los soles y su exilio con un candil de aceite en el interior del pecho, prosiguió el maestro. Les quiero dar la última lección antes de que sus padres levanten el campamento para marchar a la fiesta del Año Nuevo solar al encuentro de sus parientes y de sus canciones, recuerden que en los ojos del niño prende la llama y en los ojos del viejo resplandece la luz, y que el mal entra como una astilla y se agranda como una acacia, digan siempre la verdad para que la suerte los acompañe.


En las tardes de julio mi padre me enseñó el Corán en el árbol de la acacia, cantó una Aleya bajo una nube de lilas y una ráfaga de viento me enseño que la luz de las estrellas, el perfil de las nubes y la vaguedad del polvo son una misma flor. Agítense como una ola y arrojen muchas flores al río para cruzarlo.



Por último, no olviden su nombre, no olviden el nombre de su padre y el de su madre, el nombre de las plantas y la historia de los árboles de Etiopía.
Fuente: Fernando Medrano www.abayetiopia.org

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